lunes, 22 de junio de 2009

Crónicas del Ángel Gris. Alejandro Dolina

No es posible improvisar del todo. Siempre debe haber un camino trazado previamente, una norma que cumplir, un límite. Sin la existencia de reglamentos no llegaríamos a la improvisación, sino al delirio. Los músicos de jazz improvisan sobre secuencias armónicas ya pactadas. […] Todas estas exigencias restringen notablemente la libertad del improvisador, que nos parecía absoluta. Aquí es donde aparece el mérito del artista, que siempre debe encontrar un resquicio para filtrar su alma a través de las severas prisiones que le imponen las formas.

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