viernes, 5 de marzo de 2010

Tempera Mental. Horacio Fontova

No sé si todo era más tranquilo, pero era más claro, grande y luminoso. Era la sorpresa de ver, oler, palpar y oír todo por primera vez. El recuerdo de la hermosa voz de mi madre cuando me acunaba extasiándome con su olor inolvidable, cuando jugar con mi trompo superaba cualquier intento de comprender la espiral del universo, más fácil y divertido que la meditación o el arduo yoga, cuando los Reyes Magos realmente existían, cuando me esperaban tantos cumpleaños, cuando jugar con mis soldaditos de juguete no tenía olor a sangre humana, cuando los grande eran verdaderos colosos vistos desde abajo, cuando el viento, los truenos y el cielo estrellado hasta tenían sabores y olores súbitos y las nubes eran de algodón; cuando todo, cualquier cosa, se podía dibujar sin haber cursado la escuela de bellas artes, cuando Obras Sanitarias era un edificio lleno de agua, cuando no sabía que mi canario Petronio estaba preso, cuando llorar no daba vergüenza y reír era tan fácil. Cuando mi mejor proyecto era esperar el día de poder afeitarme como mi padre, cuando la plaza Lavalle era el paraíso, cuando mis amigos empezaron a ser sagrados, cuando la magia era mi madre cocinando, cuando todo era esperar lo mejor, cuando todavía no me imaginaba nada de todo esto.


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