martes, 22 de febrero de 2011

El Príncipe. Nicolás Maquivelo

Cuando un príncipe, carente de originalidad creadora, posee inteligencia suficiente para discernir con mesura juiciosa lo que se dice y lo que se hace, conoce las buenas y malas operaciones de sus consejeros, para apoyar las primeras y corregir las segundas, y no pudiendo sus ministros abrigar esperanzas de engañarle, se le conservan íntegros, discretos y sumisos. Pero ¿cómo alcanzar tan sabia prudencia y tan loable discernimiento? He aquí un recurso que no induce jamás a error. Cuando el príncipe vea a sus ministros pensar en ellos más que en él, y regirse en todas sus acciones por afán de provecho personal, quede persuadido de que tales hombres jamás le servirán bien.

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