Aun negados por la razón, los fantasmas se resisten a morir. Pero deben ahora abandonar sus pretensiones de verdad y se ven obligados a expresarse en un plano artístico, donde reconocen de antemano su condición fantástica. Así, el sentimiento, negado como creencia por la razón, niega a su vez la razón.
Pero ya siendo arte, convertido en el eco de algo que ya no es, el mito pierde fuerza y se va agotando...
De este modo el artista cree redondamente en sus engendros o al menos –como pedía Coleridge– suspende su incredulidad.
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