miércoles, 18 de febrero de 2009

El hombre que está solo y no espera. Jaime Barylko

El amor al prójimo es sustituido por el amor a la humanidad. Lo pequeño, el prójimo, el hijito de uno, el vecino, el próximo, no nos merecen de atención tan alta y magnánima alma.
Somos tan humanistas que el hombre de carne y hueso inmediato no nos es perceptible. Es lo que se decía: el bosque impide ver los árboles.
Nos ocupamos de bosques, no de árboles. Es maravilloso tener un alma amplia y grandota, y es de servidores y gente muy inferior ocuparse de cosas chiquitas, como las villas miseria, por supuesto, de a la vuelta de casa. Entendemos que sólo los temas grandes no hacen grandes.
Es la ética del discurso universalista la que nos caracteriza.
La de la práctica cotidiana, próxima, prójima, no nos estimula demasiado. Los niños sí, pero no este niño, y mucho menos si vive en mi casa o a lado de mi casa.

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