-Si yo ordenara a un general que volara de flor en flor como una mariposa, […] o se convirtiera en un ave marina y, si el general no ejecutara la orden, ¿Quién de los dos estaría equivocado?
-Sin duda vos –afirmó rotundamente le principito
-Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede dar –continuó el rey-. Ante todo. La autoridad se funda en la razón. […]. Yo tengo el derecho de exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
- Entonces ¿mi puesta de sol? -le recordó el principito
-Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero esperaré a que las condiciones sean favorables, según dicta mi sabiduría de gobernante.
-¿Y para cuando? –inquirió el principito
-¡Hem! ¡Hem! –Será para… para… (mientras consultaba el calendario) ¡Será para esta noche, para las siete cuarenta! Y ya verás como me obedece.
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