Otros académicos, como Waddcok (2003) y Sispon (2003) reconocen a la dimensión personal de la integridad, entendida como la fidelidad a uno mismo, es decir fidelidad a los valores rectores de la propia conducta, que resulta del ejercicio de las virtudes. En este sentido la integridad no es un mero funcionamiento, sino que es una esforzada conquista de una interior coherencia moral, basada en el respeto del orden de la realidad.
Finalmente, no hay verdadera integridad sin dimensión social, como claramente reconocen Solomon (1992) y Graham (2991). Según esta óptica, la persona manifiesta su integridad, además que por la fidelidad a los principios morales que constituyen su identidad, también por el compromiso activo y constante en la edificación de una sociedad más humana.
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