Acababa de conocer a la mujer de mis sueños y sólo faltaba que ella me conociera a mí.
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Técnicamente no se podría decir que estábamos enamorados, pero sí que juntos estábamos muy cómodos. Nuestra pareja se mantenía unida por una inercia arrolladora, de modo que por suerte no era necesario ningún esfuerzo de nuestra parte para mantener vivo el amor: para nosotros lo único importante era vivir tranquilos, sin los sobresaltos que propone la pasión, sin experimentar la dramática sensación de extrañarse, sin la envidia que implica admirarse...
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Ella había querido separase pues sentía que a mi lado no podía ser una mujer independiente; yo sostenía que ella tenía demasiado tiempo para pensar en esas cosas. Lo cierto era que, después de su partida yo estaba dispuesto a modificar mi ideología, al menos hasta que lograra volver a engancharla.
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Una pareja es una lista de cosas: una lista de casamiento, una lista de supermercado, una lista de defectos echados en cara, una lista de objetos que le corresponden a cada uno en la separación de bienes.
Cuando decidimos separarnos ella enumeró con minucia cada uno de los defectos míos que habían provocado el fracaso de nuestra pareja. La lista fue engrosada por su familia, certificada por su psicólogo y ventilada por sus amigas.
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Después de habernos conocido, enamorado, desenamorado, distanciado, reconciliado, reenamorado, casado, separado y divorciado, nos hicimos mejores amigos... Quedamos en hablarnos... Ya pasaron varios años desde que tomamos esa decisión, y no volvimos a comunicarnos.
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