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viernes, 29 de enero de 2016

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

He soñado a veces con elaborar un sistema de conocimiento humano basado en lo erótico, una teoría del conocimiento en la cual el misterio y la dignidad del prójimo consistirían precisamente en ofrecer al Yo el punto de apoyo de ese otro mundo. En una filosofía semejante, la voluptuosidad sería una forma más completa pero también más especializada, de este acercamiento al Otro, una técnica al servicio del conocimiento de aquello que no es uno mismo.

Aún en los momentos menos sensuales, la emoción nace o se alcanza por el contacto: la mano un tanto repugnante de esa vieja que me presenta un petitorio, la frente húmeda de mi padre agonizante, la llaga de un herido que curamos. Las relaciones más intelectuales o más neutras se operan asimismo a través de este sistema de señales del cuerpo: la mirada súbitamente comprensiva del tribuno al cual explicamos una maniobra antes de la batalla, el saludo impersonal de un subalterno a quien nuestro paso fija en una actitud de obediencia, la ojeada amistosa del esclavo cuando le doy las gracias por traerme una bandeja [...]

miércoles, 25 de junio de 2014

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Inventé un modo de vida en el que podía cumplirse perfectamente la tarea más pesada sin una tregua total; llegué aun a proponerme eliminar la noción física de la fatiga.

Tan pronto un objeto me repugnaba, lo convertía en tema de estudio, forzándome hábilmente a extraer de él un motivo de alegría.

jueves, 23 de enero de 2014

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Toda ley demasiado transgredida es mala, corresponde al legislador abrogarla o cambiarla, a fin de que el desprecio en que ha caído esa ordenanza insensata no se extienda a más leyes justas.


martes, 3 de diciembre de 2013

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

El juego misterioso que va del amor a un cuerpo al amor a una persona me ha parecido lo bastante bello como para consagrarle parte de mi vida. Las palabras engañan, puesto que la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito. La obscena frasesita de Posidonio sobre el frote de dos parcelas de carne, no define el fenómeno del amor, así como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma.

lunes, 21 de octubre de 2013

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Sólo en un punto me siento superior a la mayoría de los hombres: soy a la vez más libre y más sumiso de lo que ellos se atreven a ser. Casi todos desconocen por igual su justa libertad y su venerada servidumbre. Maldicen sus grillos; a veces parecería que se jactan de ellos. Por lo demás su tiempo transcurre en vanas licencias; no saben urdir para sí mismo el más ligero yugo. En cuanto a mí, busqué la libertad más que el poder, y el poder tan sólo porque en parte favorecía la libertad. No me interesaba una filosofía de la libertad humana (todos los que la intentan me hastían) sino una técnica; quería hallar la charnela donde nuestra voluntad se articula con el destino, donde la disciplina secunda a la naturaleza en vez de frenarla.

lunes, 3 de junio de 2013

Memorias de Adriano. Margerite Yourcenar

De más está decir que un hombre rico, que sólo ha conocido las privaciones voluntarias o las ha experimentado a título provisional, como un incidente más o menos excitante de la guerra o del viaje, sería harto torpe si se jactara de no haberse saciado. Atracarse los días de fiesta ha sido siempre la ambición, la alegría y el orgullo naturales de los pobres. Amaba yo el aroma de las carnes asadas y el ruido de las marmitas en las festividades del ejército, y que los banquetes del campamento (o lo que en el campamento valía por un banquete) fuesen lo que deberían ser siempre: un alegre y grosero contrapeso a las privaciones de los días hábiles.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Te evito [...] la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. [...]

Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. [...]

Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz... Amo a mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. [...]

No te llames sin embargo a engaño: aún no estoy tan bébil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda mucho más penosas. De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos.

lunes, 26 de octubre de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

La memoria de la mayoría de los hombres es un cementerio abandonado donde yacen los muertos que aquellos han dejado de honrar y de querer. Todo dolor prolongado es un insulto a ese olvido.

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viernes, 9 de octubre de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Me indignaba el apasionamiento que pone el hombre en desdeñar los hechos en beneficio de las hipótesis y en no reconocer sus sueños como sueños. Entendía de otro modo mis obligaciones de sobreviviente. Aquella muerte sería vana si yo no tenía el coraje de mirarla cara a cara de abrazar esas realidades de frío, del silencio, de la sangre coagulada, de los miembros inertes, que el hombre cubre tan pronto de tierra y de hipocresía...

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lunes, 14 de septiembre de 2009

Memorias de Adriano. Margerite Yourcenar

Pero en general sólo es por orgullo, por grosera ignorancia o por negligencia, como nos negamos a ver en el presente los lineamientos de las épocas futuras, esos sabios libres del mundo antiguo pensaban como nosotros en términos de física o de filosofía universal: consideraban posible el fin del hombre y la muerte del mundo. Plutarco y Marco Aurelio no ignoraban que los dioses y las civilizaciones pasan y mueren. No somos los únicos que miramos cara a cara un inexorable porvenir ante nosotros.

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lunes, 17 de agosto de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Mi paciencia da sus frutos. Sufro menos, y la vida se vuelve casi dulce. No me enojo ya con los médicos; sus tontos remedios me han condenado, pero nosotros tenemos la culpa de su presunción y su hipócrita pedantería; mentirían menos si no tuviésemos tanto miedo a sufrir.

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viernes, 19 de junio de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

El porvenir del mundo no me inquieta; ya no me esfuerzo por calcular angustiado la mayor o menor duración de la paz romana; dejo hacer a los dioses. No es que confíe más en su justicia que no es la nuestra, ni tengo más fe en la cordura del hombre; la verdad es justamente lo contrario. La vida es atroz y lo sabemos. Pero precisamente porque espero poco de la condición humana, los períodos de felicidad, los progresos parciales, los esfuerzos de reanulación y de continuidad me parecen otros tantos prodigios que casi compensan la inmensa acumulación de males, fracasos, incuria y error. Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también de tiempo en tiempo, el orden. La paz reinará otra vez entre dos períodos de guerra; las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles. No todos nuestros libros perecerán; nuestras estatuas mutiladas serán rehechas, y otras cúpulas y frontones nacerán de nuestros frontones y cúpulas; algunos hombres pensarán, trabajarán y sentirán como nosotros; me atrevo a contar con esos continuadores nacidos a intervalos regulares a lo largo de los siglos, con esa intermitente inmortalidad. Si los bárbaros terminan por apoderarse del imperio del mundo, se verán obligados a adoptar algunos de nuestros métodos y terminarán por parecerse a nosotros.

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lunes, 1 de junio de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

En todo caso, yo era demasiado joven. Hay libros a los que no hay que atreverse hasta no haber cumplido los cuarenta años. Se corre el riesgo, antes de haber alcanzado esa edad, de desconocer la existencia de grandes fronteras naturales que separan, de persona a persona, de siglo a siglo, la infinita variedad de los seres; o por el contrario, de dar demasiada importancia a las simples divisiones administrativas, a los puestos de aduana, o a las garitas de los guardias.

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viernes, 27 de febrero de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

En España, cerca de Tarragona, un día que visitaba solo una mina semi abandonada, un esclavo cuya larga vida había transcurrido casi por completo en los corredores subterráneos, se lanzó sobre mí armado de un cuchillo. Muy lógicamente, se vengaba en el emperador de sus cuarenta y tres años de servidumbre. Lo desarmé fácilmente y lo entregué a mi médico; su furor se calmó, y acabó convirtiéndose en lo que verdaderamente era: un ser no menos sensato que los demás, y más fiel que muchos. Aquel culpable, que la ley salvajemente aplicada hubiera mandado ejecutar de inmediato, se convirtió para mí en un servidor útil. Casi todos los hombres se parecen a ese esclavo; viven demasiado sometidos, y sus largos períodos de embotamiento se ven interrumpidos por sublevaciones tan brutales como inútiles: Quería yo ver si una libertad bien entendida no sacaría mejor partido de ellos, y me asombró que una experiencia semejante no haya tentado a más príncipes.

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lunes, 19 de enero de 2009

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

No llevaba, como haces tú, mis libros al palco imperial; se insulta al prójimo cuando se desdeñan sus alegrías. Si el espectáculo me repugnaba, el esfuerzo de soportarlo era un ejercicio más valioso que la lectura de Epícteto.

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lunes, 26 de mayo de 2008

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

El hombre más apasionado por la verdad, o al menos por la exactitud, es por lo común el más capaz de darse cuenta [...] de que la verdad no es pura. De ahí que las afirmaciones más directas vayan mezcladas con dudas, repliegues, rodeos, que un alma más convencional no tendría.


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martes, 15 de abril de 2008

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Pusieron por las nubes mi paciencia hacia los solicitantes, mis frecuentes visitas a los enfermos de los hospitales militares, mi amistosa familiaridad con los veteranos de vuelta al hogar. Nada de se difería de la forma en que había tratado toda mi vida a mis servidores y a los colonos de mis granjas. Cada uno de nosotros posee más virtudes de lo que se cree, pero sólo el éxito las pone de relieve, quizá porque entonces se espera que dejemos de manifesarlas. Los seres humanos confiesan sus peores debilidades cuando se asombran de que un amo del mundo no sea de una estúpida indolencia, presunción o crueldad.

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lunes, 24 de marzo de 2008

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

La técnica del gran seductor exige, en el paso de un objeto a otro, cierta facilidad que no poseo; de todas maneras ellos me abandonaron más de lo que yo los abandoné; jamás he podido comprender que pueda uno saciarse de un ser.

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viernes, 14 de diciembre de 2007

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas. He leído casi todo lo que han escrito nuestros historiadores, nuestros poetas y aun nuestros narradores, aunque se acuse a estos últomos de frivolidad; quizá les debo más informaciones de las que pude recoger en las muy variadas situaciones de mi propia vida. La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros.
[...]
Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera.

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